Verano




El sábado bulle. Por dondequiera que pase, encontraré personas de todas las edades saboreando su precioso tiempo de paz. En familia, entonando sus cánticos y juegos, se acompañan de coloridos y generosos helados mientras deambulan entre charcas, salpicados por los sonidos de cientos de briosos chapuzones. Es verano y la naturaleza se manifiesta en todo su poder. La fuerza de la creación se hace visible desde todas las esquinas, para que nos sea imposible negar su apabullante magnificencia y vigor. Todos los sitios rebosan de gozo.
Mientras espero, observo por el hueco que deja la ventana entreabierta frente a la camilla, un enjambre de ruidosos niños empapados de júbilo y agosto. Se zambullen sin tregua, en la espléndida piscina del club emplazado enfrente. La clara felicidad que les envuelve, me hace disfrutar. Más allá, a lo lejos, hay una colonia de pinos que recibe franca y abiertamente, el calor del mediodía. A sus pies, se extiende un huerto en plena forma y pletórico de verdes, que mira rotundo hacia las radiantes siluetas agrícolas que besan el sol. No hay lugar para el silencio. Todo es luz. Hacia donde miro, la vida fluye, brilla y se multiplica, inmersa en el halo reconfortante de una existencia que simplemente, nos invade sin dar opción a cuestionar.
Vine hasta aquí con la alegría de quien va a una fiesta de cumpleaños. La emoción me traía sellada en la cara, sin esfuerzo, una profusa sonrisa irrevocable. Mi pecho  desbordaba de excitación y una suerte de volátil esperanza, sabiendo que venía para verte. Tenía todo preparado: la sábanas suaves y primorosamente bordadas por mis manos amantes; el aroma de la ropa limpia y doblada con perfecta ilusión dormitando en los cajones; el estampado alegre de las toallas y cortinas, danzando a juego con aquellas palabras dulces con que empezaba a escribirte mis primeras poesías. El sueño mágico de caminar juntos, se había puesto de pie: Mi alma abrió para ti, todas las puertas que daban al resto de mis días.
Al ver entrar a la doctora, mi sangre se ilumina. ¡Ya no podía aguantar más!. Situada a mi lado en la oscuridad de la habitación, su cara me resulta agradable, pero no soy capaz entenderle. Me habla de cosas borrosas, y mis piernas empiezan a aflojarse. Un mareo inevitable me abruma. No he tenido tiempo ni de besarte. Dice que no estás. No he podido rozar levemente con mis dedos tibios tus breves mejillas, ni estrecharte entre mis brazos con toda la ternura de que soy capaz. La sonrisa que viajaba en mi rostro inmóvil, se me cae a pedazos como si estallara sobre sí un duro río de preguntas. Me he quedado en medio de este amor, con la confusa desolación que imprime el abandono a cualquier ser inocente. Mis brazos se juntan en un acto inútil. Mis ojos no encuentran en los vacíos rincones del hospital una revelación sanadora, que haga callar el grito inerme que traspasa el flujo de mis lágrimas: "¿Por qué?".
Los médicos dicen que te has muerto hace unos cinco días. Dicen que tu corazón bendito dejó de palpitar. Por mucho que lo intento, no consigo creerles. Tu cara me parece plácidamente dormida en la pantalla del ecógrafo. El  dolor insostenible, la desconfianza, las ganas de acunarte, y el eco de mi amor pendiente sin solución de finitud, se enfrentan y desgarran en mi interior como un encierro de tenazas calientes...Nadie me explica con exactitud, qué ha pasado.
Las carcajadas de los niños que se divierten en la piscina de enfrente, me asaltan ahora como si fueran cuchillos. Al oírlas, se quiebran en mis entrañas las imágenes de nuestras últimas escenas: las nanas, las caricias que te proporcionaba a través de mi barriga abultada, tu cuarto cada día más bonito y todas las cosas hermosas que íbamos a hacer.
Tu cuerpo diminuto aún descansa en paz dentro de mi vientre. La cuna inepta que mi útero te proporcionara, te ha impedido salir. Mi ser incrédulo y egoísta intenta retenerte. Es sábado y fuera, la vida se dispara en todo su flamante estrépito, mientras que la muerte sin causa ni respuesta, me abraza desde dentro, sin querer soltarme.

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