La caja de los tesoros





Levantarme por las mañanas, con la cara impregnada de sueño, y relajarla bajo el fino discurrir del  agua, para que su transparente frescura la despierte. Levantarme, por ejemplo,  de algún tropiezo inesperado sacudiendo con presteza la tierra que a mis zapatos no pertenece; y poner mi cabello apresuradamente en orden, para evitar de esa manera que sean interpuestas más dilaciones a aquello que ya tenía proyectado. Levantarme, no sé, del légamo más temido por cualquier criatura que se hunde en el charco de la confusa desesperación, sin ser capaz de explicarme cómo fue que me dejé caer en tal inmundo medanal; y lavarme lentamente el traje, con el poco llanto que aún me queda pero solita,  sin echar culpas a quien hasta allí me haya impelido, ni siquiera aunque las tuviera. Levantarme del pozo de la muerte sin diálogo ni redención y salir despacito, ungiendo quedamente con el suero del silencio acuñado, las heridas de todos esos inmerecidos golpes nacidos de la morbosa necesidad lapidatoria de algún ejemplar inconsciente, en tiempos en que no supo qué hacer con su profusa frustración socialmente negada. 
Un día cuya fecha no alcanzo a definir, entendí que el secreto de la vida radicaba sólo en el hecho de aprender a levantarme. Aunque fuera sin fuerzas, sin apoyo y sin valor, pero erguirme cada vez , era erguirme para siempre. En una tarde distinta a las otras, pletórica de aromas sutiles y de rosas, en la que ( Después de mucho insistir en el acto simple de dar una orden a mi pie para que se ponga delante y al otro para que le imite), fue desenmascarada para mí, la sublime y desconocida fontana de la felicidad, que por tanto tiempo había estado buscando. Estaba ahí. Evidente en su precisa y perfecta caja de los tesoros, brillando ante mis ojos hinchados y vencidos, esperando a que destape con una sola decisión, todo el  poder que desde un principio, aguardaba en mi sino sin llegar a ser desplegado: el amor.  Pero no un amor falso de libro científico o de cuento, o el que aceptamos sin cuestionamiento por mandato social, o ese orgullo que a menudo confunden con el amor propio algunas señoras. Era más bien un hilo sutil y transparente, apenas perceptible  en medio del ruido, que crecía levemente a medida que lo observaba.  (Reconozco que tuve que hacer un esfuerzo para asumir lo que estaba sucediendo). Había pasado muchos años convencida de que nunca llegaría siquiera a rozarme, ese anhelado impulso infinito que mueve todas las cosas. Sin darme cuenta, después de esa primera experiencia empezó a germinar poco a poco  en mi seno, un poder que a pesar de haber sido alumbrado conmigo, nunca antes habían conocido ninguno de mis deteriorados motores. 
A medida que obtenía algo de práctica en el diario y delicado ejercicio de avanzar en la dirección escogida con el corazón, pude descubrir que el odio que desde aquellos viejos balcones de grandes ojos lascivos me había estado acechando, no podía, ni con sus hirientes lanzas ni con el fuego de su incontenida locura, detener siquiera alguno de mis tímidos pasos, que continuaban insistiendo incipientemente en el labrado de mi verdadero camino. Y pude observar cómo el odio que desde dentro había aprendido a tener y desde sus hondas raíces se había extendido, caía al suelo irreversiblemente fulminado cada vez que yo, simplemente, caminaba. 
Aquel día, después de haberme levantado repetidamente de tantos atolladeros propios o ajenos, fueran estos ganados o injustamente atribuidos,  y de aprender a sortearlos sin más ayuda que la de una intermitente y esmirriada pero creciente voluntad; comprendí que si no hubiese pasado por todas esas cosas, jamás habría dado con la existencia de la maravillosa caja. 

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