El cactus de la izquierda


La ventana del atelier da al parque de La Rinconada. Algunas tardes, cuando se cansa de imaginar y probar nuevas combinaciones de colores, o simplemente cuando necesita algo más que la inspire, suele acercarse al cristal para ver a los niños del barrio jugando. Llenan el lugar de estrepitosas risas, siempre sin prejuicio ni freno. "Los niños hacen lo que es más natural", piensa; "¿Por qué cuando llegamos a adultos, somos incapaces de hacer lo mismo?". "Venimos a la vida, y no sabemos vivirla", se contesta. Las preguntas a veces se amontonan en su cabeza, la mayoría del tiempo, atestada de ideas y de trabajo.
Mezcla un poco más de verde y amarillo para avivar el color del cactus de la izquierda. "Le falta alegría", se dice. "Quizás una flor, sea lo que necesita este cactus para darse cuenta de cuánta belleza puede nacer entre sus espinas".La tarde se descuelga vertiginosa como un pájaro, sin que haya podido avanzar tanto como quería, en la pintura de este nuevo paisaje. "Mañana será otro día" suspira. Recoge con pesadez la llaves y el bolso, antes de apagar las luces y salir por la puerta con el tiempo justo.
La inauguración de la galería ha sido todo un éxito.  Música magnífica, catering exquisito, y para ser martes, está repleto de público. Alicia se pasea entre los concurrentes con una copa de vino y su flamante sonrisa, recibiendo las felicitaciones de muchos de los colegas y amigos. "Es una muestra llena de vida" le dice Julián, "Hasta huelo y oigo los sonidos de estos lugares... No sé cómo lo has conseguido, pero te felicito". Alicia agradece con una tímida sonrisa y vuelve, en su fuero interno, a pensar en el cactus del nuevo paisaje que estaba pintando horas antes.
Nada más sonar el despertador, sale de un salto de la cama. Los miércoles empieza más temprano en el consultorio, y apenas le dará tiempo a tomar un café. El tráfico está hoy, peor que nunca. Alicia trabaja  muchas horas por las mañanas, quizás demasiadas. Atiende decenas de pacientes cada día. Cada uno con su historia, sus emociones, y todo lo que tiene para contar. Las tardes en el taller, le dan ese respiro que necesita para coger fuerzas y volver a empezar. Aprendió a pintar hace años, como un mero pasatiempo. Poco a poco, la pintura se fue apoderando de ella como un manto invisible que todo lo transforma, hasta llegar al encuentro mágico de inspiración y dominio de la técnica, que tiene hoy. Pero hay más: Sus cuadros derraman emoción.
La mujer de las 11.30 no para de llorar. Alicia busca dentro de sí una palabra que consiga hacerla reaccionar, pero esta mujer ha pasado tantas dificultades, que la esperanza ha desaparecido por completo del campo de su visión. Sumida en su tristeza y con la voz entrecortada, empieza a contarle un episodio que le dará la información que le faltaba. De repente, como un hachazo,  salta a la luz la clave que le permite llegar por fin , a la palabra clave que había estado buscando. Apenas Alicia termina de pronunciar la frase, la mujer levanta la cabeza y para de llorar, luminosa y perpleja. Sus ojos estallan en un brillo que no había podido apreciar en mucho tiempo. "Gracias", exclama con la cara aún húmeda de lágrimas, a la vez que empieza a dibujarse en ella, la mueca de una sonrisa.

Son más de las cuatro de la tarde cuando Alicia penetra en el atelier, feliz y llena de energía: Ya sabe de qué color, debería pintar la flor del cactus de la izquierda.

(Fotografía descargada de: http://airesgalegos.foroactivo.com/t1947-la-flor-del-cactus)

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